La participación de los Stakeholders internos, factor clave del beneficio empresarial

Patrici Calvo, 04/07/10

Por diferentes motivos, la participación se ha convertido actualmente en una de las mayores preocupaciones dentro de la empresa. En mayor o menor medida, todos sus grupos internos –trabajadores, directivos, propietarios, accionistas y proveedores– muestran interés en tomar parte de la gestión empresarial. En este sentido, desde la Ética Empresarial se observa que atender a tales expectativas de los Stakeholders internos ofrece a la empresa la posibilidad de generar y potenciar un doble beneficio: estratégico y comunicativo.
Desde el punto de vista estratégico, la Ética Empresarial entiende que el desarrollo de una participación interna que no excluya a ninguno de los implicados en la actividad empresarial permite a la empresa aumentar su competitividad en el mercado. Tres cuestiones al menos apuntan en esta dirección. En primer lugar por el mayor flujo de ideas que genera, un hecho relevante para captar creatividad, generar innovación y mejorar su funcionamiento y productividad. Más si cabe teniendo en cuenta la actual coyuntura de crisis económica, donde los recursos humanos disponibles para la empresa se han visto mermados por la constante reducción de las plantillas. En segundo lugar por ser un posible elemento de diferenciación de mercado que permita atraer futuras inversiones. Sin ir más lejos, durante la reciente elaboración del nuevo Código de Buen Gobierno para las Sociedades Cotizadas se ha podido constatar la exigencia del accionariado por asumir una mayor implicación en la gestión empresarial. Por ese motivo, satisfacer tales expectativas puede convertirse en un factor importante que decante la balanza a su favor ante futuros nuevos inversores. Y finalmente, en tercer lugar por el incremento de la motivación que puede generar en los trabajadores y proveedores, lo cual mejora el clima laboral y los vínculos de pertenencia, aumentando con ello la productividad y calidad de los bienes y servicios que oferta y, por consiguiente, la maximización del beneficio.
Además, desde el punto de vista comunicativo, la Ética Empresarial entiende que una participación interna de carácter inclusivo permite a la empresa aumentar sus expectativas de futuro gracias a la resolución de conflictos y al desarrollo de recursos intangibles tan importantes para su actividad como la confianza o la reputación. Este potencial comunicativo que mantiene la participación es sumamente relevante para la empresa, pues posibilita pasar de pactos y compromisos con los cuales operar en el corto plazo, a posibles acuerdos y consensos con sus Stakeholders internos que permitan pensar en una actividad empresarial a medio y largo plazo. En este sentido, la idea clave se encuentra en la necesidad que tiene la empresa de legitimar su actividad. Partimos de que existen ciertas expectativas que los Stakeholders han depositado en la empresa y que, de no verse satisfechas, generan conflicto. En tanto ésta, en la medida de sus posibilidades, responda a las exigencias legítimas en juego y lo comunique, lo haga público, optará a un posible acuerdo cuya continua renovación ofrece la posibilidad de gestionar los recursos intangibles necesarios. Desde este punto de vista, se entiende que, a través de la participación la empresa puede conocer qué se espera de ella, qué intereses legítimos hay en juego y cuándo éstos se ven satisfechos y generan credibilidad o, por el contrario, se vuelven conflictivos y reducen las posibilidades de lograr los diferentes objetivos empresariales. De esta manera puede adaptar sus respuestas a las expectativas generadas y pensar en el posible acuerdo.

Por este motivo, es necesario que la empresa se esfuerce en generar un tipo de participación a la altura de tales pretensiones estratégicas y comunicativas. En este sentido debería, desde mi punto de vista, en primer lugar trabajar por concretar una participación de carácter inclusivo que tuviera en cuenta a todos los Stakeholders internos implicados en su actividad. En segundo lugar, esforzarse por lograr concretar una gestión más permeable y sensible hacia las expectativas legítimas de estos grupos, tanto para conocer cuáles son, como para tenerlas en cuenta a la hora de tomar decisiones. En tercer lugar, mejorar su trasparencia, lo cual implica tanto hacer público lo que se está haciendo bien, como el nivel de respuesta ante aquellas cuestiones que impiden el acuerdo. En cuarto lugar, garantizar y potenciar canales de retroalimentación entre emisor y receptor que permitan generar un diálogo tendente al acuerdo intersubjetivo entre las partes implicadas. Y en quinto lugar, velar para que las condiciones óptimas que permiten este diálogo -comunicación, inclusión, igualdad, simetría y reciprocidad- estén garantizadas.

Atender al menos a estas cinco propuestas posibilita desarrollar una participación interna que no sólo aporte beneficios estratégicos para la empresa, sino también comunicativos. Cuanto más y mejor comunique cómo está llevando a cabo su actividad y lo justifique discursivamente, cuanto más pública sea, más credibilidad generará ante sus Stakeholders internos y, por consiguiente, mayores posibilidades de maximizar el beneficio tendrá.

La Era de los Intangibles

Dilnéia Couto, 15/04/10
Actualmente el debate sobre el ‘valor real’ de las empresas ha perdido su carácter puramente tangible dando espacio prioritariamente a sus características intangibles. Esto surge con el redimensionamiento de la función social que cumplen las empresas en función de las problemáticas ecológicas, sociales y económicas que vemos aumentar con el descarrilar del tren del “desarrollo económico insostenible”. Todo ello, abre espacio a demandas sociales que exigen ir más allá de ofrecer una buena relación calidad-precio.
Con este horizonte, esta nueva era empieza con una preocupación objetiva, a saber: desarrollar la gestión ética o responsable de las empresas. Es decir, establecer instrumentos de gestión que sean capaces de, primero, definir aquello que la empresa se compromete en hacer y, segundo, rendir cuentas periódicamente de cómo está respondiendo a los objetivos y compromisos asumidos frente a sus grupos de interés. Con la finalidad de gestionar su bien más preciado, sus valores o recursos morales.
En este sentido, los recursos morales, adoptando la definición de García-Marzá, deben ser entendidos aquí como intangibles y, además, como capital social y bien público. Es decir, son recursos que no pueden visualizarse, pero están dentro de las empresas y deben fomentarse a partir de una determinada cultura empresarial. Por ello, no deben ser entendidos como bienes privados o de uso administrativo. Siguiendo esta idea cada institución tendrá unos valores más importantes que otros en función del tipo de actividad que desarrolla: las instituciones sanitarias tienen como valores prioritarios aquellos relacionados al bien interno de la actividad, que es la salud; las instituciones educativas, valores relacionados con la consecución del sentido de formación que tienen estas instituciones; las empresas informativas, buscarán valores que se acerquen a la función misma de informar que se les ha otorgado, entre otras.
Por esto, parece incoherente hablar de la gestión de intangibles y tratarlos como valores añadidos. Es decir, se debería entender ésta como la tarea de hacer más eficaz y eficiente la gestión de la comunicación interna de las empresas a través de la simetría y la transparencia y no como un “encaje” de valores que sirven solamente para reflejar una imagen errónea de la organización.
Esto nos lleva una vez más al viejo debate sobre la ética y la cosmética. Es decir, ¿cómo podemos saber si realmente aquello que las empresas están haciendo es responsabilidad social o simplemente marketing de imagen? Estamos entrando en este nuevo terreno de la responsabilidad social y todavía a los ciudadanos nos quedan muchas dudas sobre si estamos ante compromisos éticos o simplemente de intereses cosméticos.
Teniendo en cuenta ésta problemática, el actual reto en la gestión de intangibles en las organizaciones ésta en aplicar métodos de gestión de la comunicación corporativa que adopten estrategias responsables y que, más allá de añadir valores como adornos a las empresa, se deben definir formas de gestión que sean capaces de generar competitividad e innovación con aquello que ellas ya poseen de por si mismas, sus valores o recursos morales, pero que muchas veces no son capaces de gestionarlos para ganar un mejor posicionamiento en el mercado. En pocas palabras, tratar de encontrar sistemas de gestión de las empresas que se construyan sobre bases éticas y que permitan a la empresa responder a las expectativas e intereses sociales, generando y desarrollando con ello intangibles como la confianza o la reputación.
En suma, estamos frente a un nuevo reto en la gestión de las organizaciones: el de redimensionar la noción de estrategia empresarial. Es decir, redefinir aquello que hemos entendido hasta ahora como estrategia rentable para, con esto, ser capaces de diseñar nuevos modelos de gestión tanto interna como externa. Todo ello con el objetivo de embarcarse en esta nueva era de la gestión de la estrategia responsable para las organizaciones, la cual nos viene demostrando que “hacer las cosas bien” puede ser mucho más rentable, competitivo e innovador.

The participation of Stakeholders: a key factor in responsable management of the organisation

Patrici Calvo, 15/03/10.

The current crisis has shown that we are not facing a merely economic problem, but in fact something much more profound which affects society’s trust in organisations. It is above all a question of the values and principles that have guided business in recent decades. These values and principles have led to organisations failing to achieve their inherent social purpose: that of meeting human needs. This has led companies to lose sight of the reason for their existence, thereby creating mistrust within the society of which it is a part, and from which it obtains the resources necessary to be able undertake its activities.
Meeting the demands of a Corporate Social Responsibility that is based on solid ethical foundations – ethos, prudential reason and justice – and considered from the perspective of participation by all the Stakeholders in the organisation’s management, could be a key factor in minimising the harmful effects of the current recession as much as is possible, re-establishing trust from society, and fostering the prevention of possible future cases. With the participation by all their Stakeholders in a dialogue that is as egalitarian and symmetrical as possible, organisations can gradually create a culture that meets the current expectations of society and can thereby once again regain its trust.

Domingo García-Marzá cree necesarias las alianzas entre admistración pública, empresas y sociedad civil

06/03/10, Patrici Calvo.
Conferencia ofrecida en la Universitat Jaume I el 20 de enero de 2010, durante el trascurso del «I Congreso Abierto y Virtual Castellón 2020».

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«La idea que quiero mostrar es que si queremos pensar en el futuro de nuestros territorios, de nuestras ciudades y municipios, hace falta establecer una nueva alianza entre los ayuntamientos -la administración pública-, el sector económico empresarial, y la sociedad civil. Sólo desde esta nueva alianza es posible pensar en un futuro donde se detenga esta peligrosa pendiente que es hoy la desmoralización de la vida pública»

El valor comunicativo de la Responsabilidad Social Empresarial

Patrici Calvo, 25/02/10

Desde la Cumbre de Lisboa de Lisboa del año 2000 y la posterior aparición del Libro Verde (COM 2001), la Unión Europea ha realizado un esfuerzo importante con el propósito de mostrar la relación intrínseca existente entre Responsabilidad Social Corporativa (RSC) y competitividad.
El interés por llevar a cabo tal actuación viene marcado por la irrupción del fenómeno de la globalización, un proceso cuyo desarrollo en las últimas décadas ha permitido satisfacer la demanda de los mercados con oferta procedente de cualquier lugar del mundo. Ante este hecho, la apuesta europea por la integración de la Responsabilidad Social en la planificación y la gestión de sus empresas, organizaciones e instituciones responde precisamente a la necesidad de encontrar un elemento de diferenciación que les permita competir con estos otros mercados cuyos productos y servicios son, en muchos casos, de buena calidad y más asequibles económicamente para el consumidor.

Sin embargo, y a pesar de reconocer su relevancia, la literatura de la Ética Empresarial aporta una visión que va más allá del Libro Verde, demostrando que el beneficio de una correcta implementación de la RSC en la organización no es sólo estratégico, sino también moral. Es decir, la RSC no es simplemente un instrumento para conseguir satisfacer un interés particular de un determinado grupo. También se trata de un recurso que permite a la organización generar las condiciones propicias para potenciar y desarrollar los recursos morales necesarios para llevar a cabo su actividad, tales como la confianza o la reputación.

En este sentido, la clave está en la posible legitimación de una determina empresa, organización o institución. La satisfacción de las expectativas legítimas de sus grupos de interés, de todos aquellos afectados por su actividad, permite pensar en un posible acuerdo intersubjetivo cuya continua renovación es condición de posibilidad de la gestión de los recursos morales. Precisamente, la RSC guía una actividad determinada hacia el logro del posible acuerdo con los todos los afectados por ésta. En tanto se consiga ser responsable económica, legal y moralmente se estará justificando frente a éstos una acción o decisión y, por tanto, se tendrá acceso a un capital tan importante como, por ejemplo, la confianza.

De esta manera, nos adentramos en el valor moral del diálogo. La empresa necesita entenderse con todos sus Stakeholders. Tal hecho es necesario porque, como afirma García-Marzá, sólo “logra credibilidad o legitimidad social cuando es capaz de mantener un nivel de respuesta que genere consenso o acuerdo entre todos los grupos de implicados o afectados en su actividad” (2005:95). Así, basándose en la ética discursiva, para alcanzar ese acuerdo que la legitime es necesario establecer un diálogo igualitario y simétrico donde todos los grupos implicados y/o afectados queden incluidos como interlocutores válidos y puedan, de esta manera, aportar argumentos válidos a favor o en contra de una acción o decisión empresarial cuando ésta se vea problematizada (García-Marzá,2004:132).
Sin embargo, estas cuestiones nos introducen en la importancia que tienen la comunicación para la credibilidad de la empresa. Dada la complejidad que, por sus características, tiene para la empresa moderna el establecimiento de un diálogo donde se tenga en cuenta como interlocutores válidos a todos los implicados y/o afectado por su actividad, la comunicación nos ofrece una posibilidad plausible. En tanto que la empresa hace público cómo está llevando a cabo su actividad y lo justifica, está siendo trasparente y generando credibilidad.

Este hecho nos lleva a pensar en el ‘principio de publicidad’: “Son injustas todas las acciones que se refieren al derecho de otros hombres cuyos principios no soportan ser publicados” (Kant, 1987:61). Este principio, que fue formulado por Kant en ‘La paz perpetua’ como un mecanismo para relacionar la ética y la política y que es utilizado por Garcia-Marzá para “analizar la validez moral de una acción, norma o institución” (2004:207), nos muestra un primer paso para la legitimación de la empresa: la necesidad de trasparencia. Cuanto más y mejor comunique cómo está llevando a cabo su actividad y lo justifique discursivamente, cuanto más pública sea, mayor confianza generará.

Comunicar, por tanto, abre la puerta de la participación en la empresa. O lo que es lo mismo, permite pensar en el posible acuerdo que minimice o resuelva la conflictividad y ofrezca credibilidad a la empresa frente a todos sus Stakeholders internos, una legitimidad que posibilita la gestión de los recursos morales necesarios para operar en el largo plazo. Por ello, la empresa debería velar por la potenciación y desarrollo de la comunicación interna y externa, pero no sólo como un instrumento publicitario para mejorar su imagen corporativa, sino también como recurso con el cual abordar la búsqueda de acuerdos y consensos con los implicados y/o afectados por su actividad.

El periodismo especializado y el reto de la RSE

26/01/10, Dilnéia Couto

Las diferentes facetas que puede adoptar el periodismo, y más especificamente el periodismo de investigación, es una característica propia de la actividad. En este sentido, se defiende la propuesta ya ampliamente discutida principalmente entre especialistas en la temática de la RSE que desde la actividad periodística se reconozca actualmente la necesidade de fomentar la especialización del periodista en la rama de la RSE.
La RSE es reconocida como uno de los aspectos más relevantes de la actualidad cuando se trata de diseñar los campos de actuación empresarial. Prueba de ello. son las diversas propuestas que surgen tanto a nivel internacional, como a nacional y local para estimular la actuación socialmente responsable de las empresas. El periodismo, a su vez, es la actividad que tiene por labor primera responder a través de una información de calidad a las demandas generadas por la ciudadanía. Por esto, parece importante que se tenga en cuenta la necesidad que tienen los sujetos de estar mejor informados a cerca de las acciones y proyectos que realizan las empresas.
Se trata de, por un lado, buscar nuevos ámbitos de actuación en una profesión que, cada vez más, se especializa y gana características concretas en función del contínuo desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Y, por otro lado, recordar que el profesional de periodismo es por excelencia un mediador especializado, y que debe estar atento a las necesidades que demandan los distintos grupos de presión que se forman en la opinión pública.
Después de la publicación del Libro Verde de la Comisión Europea en el año 2001, es indiscutible la enorme cantidad de asociaciones, grupos de control, ONGs y consultorías que han surgido en los distintos continentes con el fin de investigar y comunicar las novedades que surgen sobre la RSE. Una buena prueba de esto es la nueva forma de ‘hacer’ opinión pública a través de internet, eso que ha venido a llamarse «periodismo ciudadano». Esta actitud generó y sigue generando en las empresas a nivel mundial la necesidad de actualizarse y de crear mecanismos de gestión de la confianza empresarial.
Sin embargo, una búsqueda rápida en Internet puede confirmar que las organizaciones que están más bien documentadas sobre este tema, son las mismas que surgen com asociaciones de investigación y control sobre la responsabilidad social de las empresas. por una parte, este sería el punto positivo de la RSE, es decir, que esta aún jóven propuesta está motivando la movilización e interés cuidadano. Por otra parte, se descubre también un elemento negativo el cual apunta hacia la carencia de canales periodísticos especializados para mejor manejar y transmitir estas informaciones.
El mundo del periodismo es complejo y está en constante transformación. Además, con el desarrollo de las nuevas herramientas de la tecnología, los periodistas se encuentran con un nuevo reto, el de redescubrir el hacer periodismo en el mundo virtual. Por esto, se reafirma que una de las actividades periodísticas que más puede triunfar en el mundo del hipertexto es la del periodismo especializado.
La RSE es un reto para todos nosotros: ciudadanos, empresarios, representantes políticos, investigadores y, entre otros, también los periodistas. En un mundo global el que todos podemos pinchar y averiguar las informaciones más recientes sobre un determinado tema parece hacer falta más que un pa de palabras para estar bien informados sobre un asunto. Y es ahí que entra el aporte definitivo del periodista especializado.
Por esto, se entiende importante que también en este espacio de debate que es nuestro blog puedan surgir propuestas y sugerencias. Un debate que debe fomentar la necesidad de una información más especializada y continuada sobre el tema de la RSE en todos sus ámbitos de relación, proporcionando con ello un conocimiento real de la situación de la responsabilidad social en las diferentes empresas y, además, reconociendo así el deber social de periodista de fomentar una actuación responsable de las organizaciones en un mundo que se muestra tan diverso y plural.
Por lo tanto, esta puede ser una nueva puerta profesional que se abre para todos aquellos que practican la actividad profesional periodística, pero que, sin embargo, parece estar todavía a la espera de ser abierta.

La participación, asignatura pendiente de la empresa del siglo XXI

26/10/09 Patrici Calvo
Durante los últimas días, dos noticias aparecidas en la prensa han causado cierta perturbación en la opinión pública. Por una parte, el compromiso alcanzado por los países del G-20 para ejercer un mayor control estatal sobre los “bonus” que perciben los altos ejecutivos de sus empresas, incentivos que se adentran en la irresponsabilidad y que dañan más si cabe la imagen actual de la organización profesional. Y por otra parte, el anuncio de los “módicos” tres millones de euros que va a percibir anualmente el vicepresidente de la segunda entidad financiera española en concepto de prejubilación, hecho que irradia cierto sarcasmo teniendo en cuenta la responsabilidad de las entidades financieras en la caótica situación actual que ha dejado en la miseria a varios millones de personas en todo el mundo.
Ambas cuestiones han producido una tercera noticia no menos interesante: la negativa de los comités de dirección de las empresas españolas a introducir en el Código Unificado de Buen Gobierno una cláusula donde se indique la necesidad de tener en cuenta la opinión del accionariado en todas aquellas cuestiones que tengan que ver con las remuneraciones de sus directivos. Con todo ello se comprueba que, en primer lugar, la RSI no termina en la satisfacción de los intereses legítimos de los/as trabajadores/as –cuestión defendida en el Libro Verde de la Comisión Europea 2001-, sino que abarca el conjunto de expectativas generalizables de todos los grupos internos de la organización profesional, y, en segundo lugar, que la participación interna es una de las tareas pendientes para la nueva empresa del siglo XXI, una empresa que armonice la consecución del beneficio económico con el respeto medioambiental y el desarrollo social.
Si bien a lo largo de los últimos tiempos el mundo empresarial se ha ido dando cuenta paulatinamente de la importancia de llevar a cabo una correcta gestión de los recursos humanos para el buen funcionamiento de la organización profesional, en la mayoría de los casos la aplicación de tales ideas en el seno de las empresas se ha centrado tradicionalmente en desarrollar su potencial estratégico, funcional y motivacional, dejando de lado el valor normativo que atesora y que permite la superación de los diferentes conflictos internos que minimizan la consecución del beneficio económico, social y medioambiental de la empresa.
No es de extrañar, por tanto, que la participación sea hoy uno de los conceptos más desgastados dentro del ámbito interno de la empresa. Mientras los directivos se empecinan en implementar políticas participativas internas que posibiliten un aumento de la productividad, una mejora de la calidad de los productos o un reforzamiento de la imagen corporativa con el fin de lograr maximizar el beneficio económico a corto plazo, los trabajadores y los accionistas reivindican su desarrollo en la empresa para mejorar los salarios y las condiciones laborales por una parte y para controlar su inversión por otra.
No se trata de aparcar u obviar tales cuestiones, pero la participación es mucho más que una herramienta de satisfacción de necesidades concretas. Es un hecho cuyo acontecer dignifica al ser humano, aumenta los límites de la ciudadanía, desarrolla las sociedades y permite a la organización profesional -a través del entendimiento con sus Stakeholders internos- gestionar y potenciar debidamente los recursos intangibles necesarios para su correcto funcionamiento, recursos que permiten tanto su existir como la concreción de su potencialidad: lograr la excelencia empresarial. Si la empresa no respeta las capacidades participativas del ser humano para tomar parte en todo aquello que le afecta, difícilmente logrará involucrarlos en un proyecto común, pero mucho menos solucionar los diferentes conflictos de interés que afloran en su seno y que minimizan la consecución del beneficio.
La empresa del siglo XXI, más si cabe en estos momentos de crisis donde los recursos humanos escasean, debe abordar con interés una reconstrucción de su sentido interno, potenciando al máximo la inclusión de sus diferentes Stakeholders internos a través de la implementación de políticas participativas que permitan el diálogo y el posible entendimiento dentro de la organización profesional. No sólo porque con ello está respetando al ser humano en tanto que ser humano, en tanto que fin en sí mismo, sino porque mediante su concreción y desarrollo aborda una necesidad ineludible para la organización profesional, ya que a través de la participación puede –entre otras cosas– legitimar sus acciones y decisiones, potenciar el engagement con sus trabajadores, proveedores, directivos y accionistas, conocerse mejor a sí misma para corregir errores de carácter funcional, estratégico, motivacional o normativo, conocer me las necesidades de sus Stakeholders internos para poder definir mejor sus políticas, aprovechar en mayor grado el factor creativo de todos sus trabajadores para generar innovación, y tener acceso a los recursos morales necesarios para operar.
Por todo ello, es necesario que la empresa actual realice un esfuerzo importante para encontrar el camino o los caminos más adecuados que satisfagan tales propósitos. En primer lugar, potenciando la trasparencia a través de mantener debidamente informados a sus Stakeholders internos de todo cuanto acontece en la empresa. En segundo lugar, preocuparse de establecer los precisos espacios de diálogo internos que permitan su participación activa. Y finalmente, en tercer lugar lograr la sensibilización de la dirección hacia sus exigencias legítimas, teniéndolas en cuenta en toda toma de decisiones. La organización que consiga cumplir con estos requisitos, estará cada vez más cerca de ser una empresa del siglo XXI, una empresa a la altura de los tiempos.

Globalización y Ética Empresarial

27/05/09  Patrici Calvo
El hecho de que el conocimiento sea hoy el factor más determinante de la actividad profesional y que algunos escándalos institucionales alrededor del mundo por malas prácticas hayan abierto una brecha de suspicacia y desconfianza continuada en la empresa difícil de cerrar, son elemento que, sin duda, han favorecido la readmisión de la ética dentro de la empresa.

Tanto lo determinante que es una buena preparación y formación del trabajador y directivo en la creación y aumento del valor en la empresa, como los grandes escándalos económicos -Parmalat o Enron- medioambientales – Bolidendel o Prestige- y de salud pública –la farmacéutica Pfizer o la leche en polvo china enriquecida con melanina- que surgieron en el pasado y que se empeñan en seguir apareciendo en el presente, son elementos de peso que deben ser tenidos en cuenta pero que –como opina el catedrático de ética de la Universitat Jaume I García Marzá– por sí solos no explican la magnitud del hecho.

El elemento más relevante y que ha posibilitado un cambio de actitud de la empresa respecto a la ética ha sido precisamente el nuevo contexto globalizador sobre el cual se asientan y se mueven las sociedades del siglo XXI. El fenómeno de la globalización ha proporcionado la apertura de mayores espacios de libertar, ofreciendo un abanico de nuevas posibilidades para la empresa e incrementando inusitadamente su poder y su presencia en todas las esferas, tanto en la económica como en la social.
Sin embargo, este incremento del poder también ha repercutido proporcionalmente en el aumento de sus responsabilidades, pues ello le permite disponer de una mayor capacidad de respuesta ante las expectativas que la sociedad deposita en ella: creación de empleo, incremento del bienestar social y económico, cuidado del medioambiente, compromiso con el desarrollo de los pueblos, expansión de los derechos humanos a través del ejemplo de sus empresas, ampliación de los espacios de libertad, entre otros supuestos.
Es precisamente aquí donde encontramos el punto culminante que da sentido y legitimación a la empresa. Conocer con el mayor grado de precisión qué se espera de ella desde este nuevo escenario global significa disponer en cada momento de las herramientas precisas que puedan dar respuesta a todas y cada una de las expectativas creadas por la sociedad. Una acción que otorga sentido, un sentido que concede legitimidad, y una legitimidad que ofrece a la empresa -utilizando palabras de Ortega y Gasset– la posibilidad de «vivir a la altura de los tiempos» y generar relaciones con los grupos de interés forjadas en la confianza mutua.
La globalización es un fenómeno que ha interrelacionado todos los ámbitos del quehacer humano y que ha hecho de las instituciones empresariales un referente, un modelo, una posibilidad fáctica de mejora continuada de la sociedad gracias al incremento de su poder e importancia tanto en lo político como en todo lo relacionado con el mundo de la vida.
Por ello, en opinión de García Marzá, ante este debilitamiento de los Estados y este crecimiento de la importancia y poder de las empresas sobre las diferentes esferas, se hace necesario apelar a la defensa de «una posición ético crítica y universalista como única forma de dar razón de la dimensión moral de la confianza en la empresa en contextos globales». Y todavía más si atendemos a la preocupante situación que se está viviendo en todo el mundo con la crisis económica que nos envuelve y que está aumentando la pobreza del planeta de manera dramática.
En este sentido, las reflexiones de García Marzá recogidas en su libro «Ética Empresarial: Del diálogo a la confianza» (Trotta, 2004) son hoy más que nunca un claro referente de la actualidad económica y empresarial de nuestro tiempo cuya lectura activa puede ayudar a crear nuevas estructuras empresariales coherentes con los tiempos que corren y que minimicen el riesgo de volver a vivir crisis como la actual; una crisis que, más allá de lo económico, se aferra a la desconfianza de las relaciones.

Alea jacta est: Crisis y Responsabilidad Social

03/04/09  Patrici Calvo
Entre otras, la crisis actual ha evidenciado dos cuestiones importantes. Por una parte que la mayoría de empresas que decía desarrollar políticas de Responsabilidad Social lo hacía sin convicción ni voluntad, atraídas más bien por una cuestión de marketing, por un «estar a la moda» o por la necesidad de enmascarar acciones o decisiones poco deseables, que por lo que realmente es y significa: una nueva forma de hacer las cosas y estar, de esta manera, a la altura de las expectativas de una sociedad de la cual obtiene su sentido y legitimación y todos aquellos recursos necesario para su supervivencia. Y, por otra parte, que la ética sigue percibiéndose como un pasivo para la empresa, como algo que puede abordarse siempre y cuando se genere el suficiente beneficio económico.
Ello es apreciable por la cantidad de empresas que están dejando aparcada la Responsabilidad Social esperando tiempos mejores. Un hecho relevante no sólo porque demuestra tácitamente lo anterior, sino porque impedirá a estas organizaciones profesionales beneficiarse de las diferentes alternativas que la Responsabilidad Social ofrece para minimizar los efectos de la crisis y encontrar posibles vías de salida eficaces y con un menor grado de incertidumbre.
Una Responsabilidad Social anclada en sólidas bases éticas -ethos, razón prudencial y justicia- y abordada desde la participación del los Stakeholders en la gestión de la organización empresarial puede ser sin duda una de las claves para minimizar al máximo los efectos perniciosos de la crisis y fomentar la prevención ante futuros casos. En primer lugar, porque proporciona a la empresa un mayor conocimiento de sí misma, tanto interna como externamente, sobre el cual cimentar sus decisiones y actuaciones y corregir errores de diferente carácter –funcional, estratégico o normativo- que limitan la creación de valor tangible e intangible.
En segundo lugar, porque facilita el continúo aprovechamiento del factor creativo de todos sus Stakeholders para encontrar soluciones plausibles que permitan abordar la difícil situación de mercado.
En tercer lugar porque da respuesta a una cuestión de justicia, a un derecho cuyo desarrollo necesario no sólo contribuye el incremento del «engagement» interno y externo de sus grupos de interés sino que se convierte en el mecanismo que posibilita el conjunto de acuerdos que justifican sus acciones y decisiones a través de un continúo flujo de razones.
En cuarto lugar porque permite a la organización, mediante el acuerdo, mantener vigente y válido el contrato moral que legitima socialmente su existencia y actividad.
Finalmente, en quinto y último lugar porque ayuda a conocer con mayor precisión qué valores y principios regulan su praxis profesional concreta y los posibles cambios que en ellos se dan, permitiendo a la empresa de esta manera adaptarse más rápidamente y posibilitando el establecimiento de una cultura empresarial sólida y coherente con la altura moral de las sociedades plurales actuales.
Dejar de lado la Responsabilidad Social en estos momentos es un error que las empresas no pueden permitirse. La crisis actual, más allá de lo económico, es una crisis de confianza. Una crisis que requiere de un esfuerzo considerable para gestionar lo intangible, aquellos recursos al alcance de la organización que permiten el establecimiento de relaciones basadas en la confianza.
Precisamente, una Responsabilidad Social que esté cimentada desde la ética -como herramienta de gestión, como medida de prudencia y como garante de justicia- puede gestionar la confianza de la empresa con sus diferentes Stakeholders. Por ello, si ya se estaban implementando políticas de Responsabilidad, hay que continuar trabajándolas y no apartarlas, pues es un factor determinante y diferenciador en estos momentos tan críticos, y si no se estaba realizando nada, es momento de pensar en el largo plazo y mirar al futuro de manera responsable.